Pienso en la primera vez que me dieron un libro de procedimientos y me dijeron: “Implémentalos y abre el hotel.” Era una carpeta gruesa, llena de SOPs, organigramas ideales y secuencias de servicio, entregada con la naturalidad de quien pasa un café a media mañana. No había equipo, no había clientes. Solo había un edificio a medio terminar, una fecha de apertura, y una pregunta sin pronunciar: ¿Serás capaz?
Y, sin embargo, sentí que aquel momento me pertenecía. No por lo que sabía, sino por lo que estaba a punto de aprender.
Con los años he comprendido que la hotelería no se aprende en manuales, se vive en los márgenes de lo previsto. En la improvisación digna de un maître ante un alérgico no avisado. En el turno de noche en el que te falta un recepcionista y te sobran llamadas. En la apertura en la que inauguras con habitaciones sin cortinas pero con sonrisas bien entrenadas.
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Recuerdo bien esa primera apertura. No porque saliera perfecta —que no lo fue— sino porque fue mía. Porque construir un hotel desde cero no es solo poner en marcha operaciones, es crear un relato. Es decidir qué historia va a contar ese lugar cada vez que alguien cruce su puerta. Y esa historia empieza antes del primer huésped: empieza con las personas que deciden crearlo.
La Hotelería: más que un negocio, una vocación
He sido director, consultor, responsable de marketing, gestor de activos y aperturista. Pero más allá de los títulos, he sido acompañante de procesos, traductor entre propiedad y operación, facilitador entre promesas y realidades.
Lo que me define no es el cargo, sino haber estado allí: cuando el botón del ascensor aún no funcionaba, pero alguien ya preguntaba por la piscina. Cuando contratamos al primer chef sin cocina terminada. Cuando un huésped llegó 24 horas antes por error y lo alojamos igual.
Eso es hotelería. Hacer que algo funcione antes de que esté terminado. Y que, aun así, emocione.
He aprendido que:
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Ningún manual sustituye una conversación honesta con tu equipo.
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Una apertura no empieza el día de la inauguración, sino el día que eliges el tono del “bienvenido”.
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Las habitaciones no generan recuerdos. Las personas, sí.
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La cultura de servicio no se impone, se contagia.
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No todos los héroes llevan traje. Algunos llevan uniforme y saben doblar toallas en origami.
La verdadera estrategia hotelera —la que permanece— no está en las campañas ni en las promociones. Está en la coherencia. En tener un propósito claro y sostenerlo cuando hay presión, fatiga o cambios de dirección.
He visto hoteles duplicar su RevPAR sin perder el alma. Y otros llenar habitaciones mientras vacían su reputación. En este oficio, los KPIs también tienen que tener corazón.
Y es que el huésped recuerda poco de lo que ve, pero mucho de cómo lo hiciste sentir. La excelencia no es un objetivo, es un estado de ánimo colectivo que se cultiva cada día. A veces con grandes gestos. Pero casi siempre con pequeños detalles: la flor fresca, el check-in a destiempo, el “no te preocupes, ya lo solucionamos”.
No sé si la mía es la mejor manera de abrir un hotel. Pero sé que funciona cuando, semanas después, un huésped pregunta si puede volver a “su habitación de siempre”, en un hotel recién inaugurado.
Entonces sabes que no abriste un negocio. Abriste un lugar al que alguien quiere pertenecer.
Y ese, amigo mío, es el verdadero milagro de la hotelería.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 