Durante un tiempo convivimos en el hotel con un jefe de sala que no sabía liderar, no quería aprender y, además, generaba más humo que servicio. Aquella etapa supuso para todo el equipo un ejercicio de resistencia, observación, y en muchos casos, de injusticia. Pero como suele pasar en la Hotelería —y en la vida—, el tiempo revela lo que el miedo y las apariencias ocultan.
Aquel jefe de sala no hablaba inglés. No conocía ni la gastronomía que servía ni las costumbres del país. Su relación con los vinos era la de quien se sabe el nombre de un par de referencias por repetición, no por cata ni criterio. Era incapaz de distinguir unos canelones de una lasaña —y aún así, opinaba con seguridad en voz alta—. No manejaba sistemas informáticos. No organizaba ni turnos, ni pedidos, ni inventarios. Delegaba estas responsabilidades en camareros que, con buena voluntad, sacaban adelante lo que él ni entendía ni intentaba comprender.
Pero lo más grave no fue su ineptitud operativa. Fue su capacidad para intoxicar el entorno.
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Consciente de sus limitaciones, desarrolló un talento siniestro para la intriga. En vez de asumir responsabilidades, culpaba. Proyectaba sus errores en otros. Cuando algo fallaba —una queja, una incidencia, una caída en el servicio—, nunca era por su gestión, sino por «los demás». Y lo repetía. Y lo adornaba. Y lo filtraba, estratégicamente, a dirección. Hasta que la mentira se convertía en versión oficial. Así, camareros comprometidos, chefs implicados o responsables de turno acababan señalados injustamente, sin comprender del todo de dónde venía el torpedo.
Pasado el tiempo, se desveló que detrás de muchas de las tensiones, quejas, rotaciones y conflictos internos… estaba él. El origen de muchos males del hotel residía en sus acciones y omisiones. Y en su habilidad para sembrar sospecha donde había honestidad. Su especialidad no era servir mesas, sino dividir equipos. No liderar personas, sino manipularlas.

El día que fue despedido, el hotel no solo ganó en eficiencia. Ganó en salud mental.
Fue como abrir ventanas en un espacio donde el aire llevaba demasiado tiempo viciado. A los pocos días, se empezaron a ver cambios evidentes: se respiraba tranquilidad en los pasillos, el equipo volvía a sonreír, los procesos fluían, y lo más importante… la gente volvía a confiar. Porque durante mucho tiempo, la desconfianza no nacía del error, sino de las versiones que él tejía sobre ese error.
Hoy, pasado ya un buen tiempo, continúa intentando tejer redes desde otro hotel. Pero ya sin credibilidad. Porque cuando una trayectoria se ha construido sobre el miedo, el engaño y la irresponsabilidad, lo único que se puede cosechar es desconfianza y fracaso.
¿Qué aprendí —y comparto— de aquella experiencia?
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En Hotelería, el liderazgo no se finge. Puedes fingir saber de vinos, pero no puedes fingir que tu equipo está unido si tú lo estás dividiendo.
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El rumor como método de gestión es veneno. Una cultura laboral se construye con confianza, no con miedo. El silencio defensivo de un equipo suele ser el síntoma más claro de una dirección enferma.
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No hay innovación ni excelencia sin responsabilidad. No se puede esperar resultados de calidad cuando quien dirige evita el esfuerzo, delega el criterio y manipula los datos.
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La mediocridad no se nota en el CV, pero sí en los pasillos. Se manifiesta en el ambiente, en los turnos desordenados, en los conflictos sin causa real, en la sensación de injusticia que se cuela en los briefings.
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El tiempo, siempre, acaba ajustando cuentas. Con quien hace el trabajo bien… y también con quien lo sabotea desde dentro.
A veces, la salida de una sola persona puede sanar todo un ecosistema. Y lo más doloroso de esta historia es que durante meses, mientras otros sufrían consecuencias que no merecían, él seguía fabricando versiones para mantenerse a flote.
Que esto sirva de recordatorio: en la Hotelería, como en todo entorno de servicio, la excelencia empieza por dentro. Por las dinámicas invisibles. Por lo que no se ve en los informes, pero se palpa en los rostros del equipo.
Y sobre todo, por la valentía de reconocer que no todo el mundo que ocupa una silla la merece. Porque una cosa es equivocarse. Y otra muy distinta, manipular para que otros carguen con tus errores.
Actualización | Un año después
Ha pasado un año desde entonces. Y merece la pena decirlo. Hoy el hotel es otro. No porque hayan cambiado las paredes, ni los procesos, ni los manuales —aunque algunos se han afinado—, sino porque el equipo es otro. Hay cohesión, hay motivación y, sobre todo, hay ganas reales de aprender. El ruido desapareció y dejó espacio al trabajo bien hecho.
Hoy el día a día lo sostienen personas jóvenes, entusiastas y responsables, que no esperan a que alguien les diga qué hacer para hacerlo bien. Asumen responsabilidades con naturalidad, preguntan cuando no saben, proponen cuando ven margen de mejora y se exigen más a sí mismas de lo que nadie podría exigirles desde fuera. No buscan culpables: buscan soluciones.
Lo más gratificante no es que el servicio funcione mejor —que lo hace—, sino ver cómo la motivación ya no viene impuesta, sino que nace del propio equipo. Cuando desaparece el miedo, aparece el criterio. Cuando se va la manipulación, llega la confianza. Y cuando hay confianza, el aprendizaje deja de ser una amenaza para convertirse en una herramienta compartida.
Esta evolución no ha sido casual. Es la prueba de algo que en Hotelería conviene no olvidar nunca: los equipos sanos no se construyen incorporando talento brillante, sino eliminando dinámicas tóxicas. A veces, el mayor acto de liderazgo no es sumar… sino saber restar a tiempo.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 