He visto hoteles con buenas instalaciones, equipos honestos y ubicaciones competitivas perder dinero por una razón mucho más simple y, a la vez, más incómoda: nunca decidieron con claridad qué querían ser para el mercado.
Cuando aparece el error de construir la estrategia mirando demasiado al vecino, el daño rara vez llega de golpe. Lo habitual es que se infiltre poco a poco en la cuenta de resultados: un margen que se estrecha, una operación que compensa lo que la estrategia no define, una sensación de actividad intensa con una rentabilidad demasiado modesta.
Me gusta insistir en algo que considero fundamental: en Hotelería, los errores verdaderamente caros no siempre son los más visibles. A menudo son los que parecen razonables, los que incluso se justifican con frases que suenan sensatas en una reunión. Ahí es donde este error se vuelve peligroso.
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En mi experiencia, cuando la referencia principal es la competencia local y no el cliente rentable. Y cuando eso se normaliza, el hotel empieza a tomar decisiones tácticas para corregir un problema que en realidad es estratégico. Se cambia el precio, se aprieta al equipo, se rediseña una promoción o se exige vender más, pero el origen sigue intacto.
Por eso merece la pena detenerse, mirarlo con honestidad y ordenarlo bien. No para dramatizarlo, sino para convertirlo en una ventaja. Porque cuando un hotel corrige un error estructural, no mejora una sola métrica: mejora la calidad de sus decisiones futuras.
Qué revela este error sobre el modelo del hotel
Cuando observo el error de construir la estrategia mirando demasiado al vecino, no lo interpreto solo como una mala práctica aislada. Lo leo como un síntoma. Normalmente indica que el hotel no ha traducido bien su estrategia a decisiones concretas o que la ha traducido, pero no la sostiene con disciplina. Esa brecha es costosa porque obliga a compensar con trabajo, descuento, urgencia o control lo que debería estar resuelto en el diseño.
En términos de negocio, este error afecta a varias capas al mismo tiempo. Impacta en el pricing, porque cualquier incoherencia estratégica termina reflejándose en el precio que el mercado está dispuesto a aceptar. Impacta también en la operación, porque los equipos tienen que absorber promesas, ritmos o expectativas que no estaban bien pensados. Y afecta, por supuesto, a la rentabilidad hotelera, porque cada desajuste repetido termina siendo un coste o un ingreso perdido.
Lo más delicado es que este tipo de error suele esconderse detrás de indicadores aparentemente tranquilizadores. Puede haber ocupación, puede haber comentarios aceptables, incluso puede haber sensación de control. Pero cuando uno baja a la cuenta de resultados y la cruza con la calidad del negocio captado, aparecen preguntas incómodas. ¿Estamos llenando bien? ¿Estamos sirviendo bien al cliente que de verdad conviene? ¿Estamos defendiendo un precio coherente con la experiencia? ¿Estamos usando nuestros recursos donde más valor generan?
En ese punto conviene abandonar el lenguaje genérico y entrar en señales concretas. Estas son algunas de las manifestaciones más habituales que suelo encontrar cuando este error ya se ha instalado:
– El discurso comercial cambia según el interlocutor y el canal.
– El hotel capta perfiles de cliente con expectativas incompatibles entre sí.
– Se multiplican las acciones tácticas para sostener la ocupación o la percepción de valor.
– La operación vive corrigiendo incoherencias que nacen fuera de la operación.
Ninguna de estas señales, por separado, prueba el problema. Pero cuando se acumulan, dibujan un patrón muy claro. El hotel no está gobernando bien la relación entre propuesta de valor, cliente adecuado y resultado económico. Y esa desalineación nunca se arregla del todo con más intensidad comercial o más presión operativa.
Cómo lo corregiría en un hotel que quiere ganar claridad y margen
Corregir este error no consiste en lanzar una gran iniciativa y esperar que todo cambie por entusiasmo. En mi experiencia funciona mejor un enfoque más sobrio: diagnosticar con precisión, intervenir en pocos puntos de alto impacto y sostener la corrección el tiempo suficiente para que el sistema aprenda.
Cuando trabajo este tipo de problemas, suelo insistir en cuatro movimientos. Son simples de formular, pero exigen mucha coherencia al ejecutarlos:
1. Volver a definir el territorio estratégico
Revisaría con honestidad qué cliente queremos atraer, qué problema le resolvemos mejor que otros y qué renuncias estamos dispuestos a asumir. Un hotel sin renuncias claras suele acabar comprando volumen a costa de identidad.2. Traducir el posicionamiento a decisiones visibles
No basta con escribir una idea de marca. Hay que bajarla a precio, discurso comercial, oferta, estándares y prioridades de inversión. Si el posicionamiento no cambia decisiones, no existe de verdad.3. Ordenar la mezcla de negocio
Separaría los segmentos que refuerzan la propuesta de aquellos que solo aportan ocupación táctica. La mezcla comercial debe parecerse a la estrategia, no contrariarla.4. Revisar qué debe dejar de hacerse
Corregir un error estratégico casi siempre exige eliminar algo: una promoción, un discurso, un tipo de cliente, una oferta poco coherente o una obsesión interna que ya no aporta valor.
Cuando un hotel corrige construir la estrategia mirando demasiado al vecino, no solo reduce una fuga. También gana claridad. Y la claridad, en este negocio, vale mucho dinero porque mejora la calidad de las decisiones pequeñas, que son las que terminan componiendo el resultado del año.
A veces pensamos que la rentabilidad depende sobre todo de factores externos, de la plaza, de la temporada o del comportamiento de la demanda. Claro que todo eso influye. Pero he visto demasiados hoteles con contextos parecidos obtener resultados muy distintos como para ignorar la importancia del diseño interno.
Por eso vuelvo siempre a la misma idea: en Hotelería, la ventaja no siempre la crea quien hace más ruido, sino quien ordena mejor su modelo. Y pocas cosas ordenan tanto como detectar a tiempo un error como construir la estrategia mirando demasiado al vecino y corregirlo con rigor.





Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 