Hay especies en extinción y otras que parecen eternas. Una de ellas, sin duda, es la del empleado gruñón, ese espécimen laboral que, aunque cambies el colchón, pintes la pared o inventes el desayuno más instagrameable del planeta, seguirá torciendo la boca y diciendo que “esto no funciona”.
Nada le gusta. Todo lo critica. Y uno se pregunta si vino a trabajar en un hotel o a hacer de jurado permanente de un reality show en el que nadie gana nunca. Si instalas un nuevo uniforme, protesta porque “es incómodo”. Si mantienes el antiguo, se queja porque “está pasado de moda”. Si das formación, se aburre. Si no la das, asegura que “nadie se preocupa por el equipo”. Un genio del contraste.
Lo más admirable es su capacidad para detectar fallos invisibles al ojo humano. La bandeja está limpia, pero él ve una mota de polvo en el reflejo. El cliente sonríe, pero él jura que en realidad no está satisfecho. El café sale caliente, pero para él “no sabe como antes”. Un auténtico talento natural, solo que invertido en negatividad.
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Uno, como director cansado de semejante energía radioactiva, acaba desarrollando estrategias de supervivencia:
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El asentir diplomático: “Sí, claro, lo tendremos en cuenta”, mientras en tu cabeza repites “otra vez no”.
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El juego del bingo: apuntas en secreto las frases que sabes que soltará (“esto no va a durar”, “aquí nada cambia”, “lo de antes era mejor”) y esperas completar la cartilla.
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La meditación exprés: inhalas paciencia, exhalas resignación.
Ahora bien, no deja de tener su utilidad. Ese empleado gruñón nos recuerda, con su inagotable negatividad, que siempre habrá resistencia al cambio, que ningún plan estratégico sobrevivirá a la primera crítica de pasillo, y que incluso en un sector obsesionado con la experiencia del cliente, todavía hay quien parece empeñado en arruinar la del compañero.
Por eso, cuando te topes con el gruñón de turno, piensa que, en el fondo, es parte del folclore de la hotelería. Como la recepcionista que lo sabe todo antes que tú o el huésped que pregunta si el mar tiene olas. Un clásico imprescindible.
Y aquí viene la parte útil:
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No lo ignores por completo: detrás de tanta queja puede esconderse un problema real. A veces, entre diez frases de descontento, hay una pista valiosa.
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No le des el escenario entero: si el gruñón domina las conversaciones, contamina al equipo. Escúchalo, pero reparte protagonismo.
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No caigas en la trampa: la cultura del hotel debe construirse sobre la energía positiva. Y eso implica reforzar a quienes aportan, no a quienes se instalan en la queja perpetua.

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