Escuché un podcast. Uno de esos episodios que se publican en tono grave, como si estuvieran revelando algo importante. El tema: la mediocridad del contenido generado por inteligencia artificial. La amenaza de lo artificial sobre lo auténtico. La pérdida de la voz humana en un océano de textos clonados. Pero al acabar el episodio, leí el post que lo acompañaba. Generado por IA.
Ahí estábamos: una máquina diciendo que los textos escritos por máquinas eran malos. La ironía se deslizaba entre párrafos impecablemente redactados, sin una sola falta, sin una sola emoción real. Como esas habitaciones perfectamente hechas por un robot: sábanas tensas, amenities en su sitio, ni una mota de polvo… y sin embargo, algo falta. Falta la respiración. Falta el alma.

Puedes desbloquear esta Publicación
y Leerla Ahora por solo 1.00€
No te pierdas ninguna Publicación
Elige una suscripción y descubre sus ventajas al instante.
Y me quedé pensando. No en la IA. En nosotros.
Porque lo verdaderamente alarmante no es que haya contenido mediocre creado por inteligencia artificial. Lo alarmante es que lo estamos aceptando. Que lo estamos celebrando incluso. Que lo publicamos sin leerlo. Que lo confundimos con profesionalismo solo porque tiene estructura. Porque suena bien. Porque nos ahorra tiempo. Porque, total, nadie lee ya.
Y sin embargo, en hotelería, todos sabemos que eso no es cierto. Que los clientes sí notan. Que lo sutil importa. Que lo que no se dice, también se siente. Que no puedes contar la experiencia de un huésped si nunca has recogido su equipaje bajo la lluvia, si no has escuchado cómo se le quiebra la voz mientras pide una habitación lejos del ascensor porque necesita dormir de verdad, esta vez sí, por favor.
La buena hotelería no se escribe. Se vive. Luego, si acaso, se escribe.
Pero hemos sustituido la reflexión por el rendimiento. Las ideas por la producción. La palabra por el formato. Y el contenido hotelero se ha vuelto un catálogo de obviedades disfrazadas de estrategia. El huésped en el centro. El dato como brújula. La sostenibilidad como narrativa. La tecnología como destino. Y ahora, la IA como autor.
Pero ¿autor de qué?
¿De experiencias que nunca vivió? ¿De emociones que no siente? ¿De decisiones que nunca tuvo que tomar con un equipo humano al borde del agotamiento en temporada alta? ¿De aciertos que no costaron noches sin dormir ni errores que sangraron reputación?
Cuando leo esos textos, siento que no están escritos para nosotros, los hoteleros. Están escritos para el algoritmo de Google. Para el clic. Para el tráfico. Pero no para el entendimiento. No para la conversación. Mucho menos para el aprendizaje.
Y lo más trágico es que a menudo, tampoco están escritos por nosotros. Hemos entregado la voz. Hemos subcontratado nuestra mirada. Como si nuestra experiencia no valiera. Como si no tuviéramos nada que decir.
¿Nos hemos rendido?
En un mundo que clama autenticidad, ¿por qué dejamos que la narración de nuestra industria esté en manos de una máquina? ¿Por qué no defendemos la imperfección de una frase que nace del cansancio, pero también del conocimiento? ¿Por qué preferimos lo correcto a lo verdadero?
Hay un momento peligroso en toda profesión en que el discurso se vacía. Cuando los términos se convierten en espejos. Cuando la repetición se confunde con consenso. Y ahí está la hotelería, atrapada entre la presión de parecer innovadora y el miedo a sonar obsoleta. Entonces repetimos. Automatizamos. Reescribimos lo que otros dijeron. Lo que la IA puede decir mejor.
Y lo peor es que empezamos a creérnoslo.
Pero la hospitalidad, la de verdad, no puede ser automatizada. Puede ser asistida, claro. Puede ser potenciada. Pero no sustituida. Y tampoco la manera en que hablamos de ella.
La IA no es el problema. El problema es usarla como sustituto de algo que no sabemos, no podemos o no queremos decir. Porque eso solo agrava el vacío. Y ese vacío se nota. Se nota cuando todos los posts de todos los hoteles empiezan a sonar igual. Cuando todos los manifiestos de marca parecen el mismo. Cuando ya no hay historias, solo slogans. Cuando no hay relato, solo plantillas.
A veces me pregunto si no estamos escribiendo epitafios de una hospitalidad que ya no sentimos. Si no estamos decorando la tumba con adjetivos bonitos. Si no estamos vendiendo una narrativa que ya nadie se cree, pero que todavía parece funcionar.
Y si es así, ¿de qué sirve todo esto?
¿De qué sirve una IA escribiendo sobre empatía? ¿Sobre experiencia? ¿Sobre cultura organizacional? ¿Sobre liderazgo? ¿Sobre intuición? Es como pedirle a un espejo que nos cuente algo que no sabemos ya. Solo nos devuelve lo que proyectamos. Solo nos refleja. No nos transforma.
El contenido hotelero debería ser otra cosa. Una forma de pensar en voz alta. Una forma de equivocarse públicamente. Una forma de abrir grietas para que entre algo de aire. Y quizás, algo de verdad.
Pero para eso hay que escribir con las manos manchadas de recepción, de cocina, de gestión real. No con guantes de seda lingüística ni con fórmulas de redacción SEO-friendly. Hay que escribir desde dentro. Desde la duda. Desde la contradicción. Desde la alegría extraña que da hacer bien un check-in imposible o salvar una estancia que empezó torcida.
Esos textos, los que tienen cicatriz y risa, todavía no los puede escribir una IA. Ni debería.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 