Cada vez que detengo el coche en una gasolinera BP, sé exactamente lo que va a ocurrir. No importa la prisa que tenga ni las veces que haya pasado por ahí, el ritual es invariable. Apenas digo «40 euros de gasolina 95, por favor», comienza el interrogatorio comercial. ¿realmente creen que esto mejora la experiencia del cliente?
— «¿Gasolina 95?… ¿No prefiere probar la 98 que cuida más su motor?»
— «¿Tiene la tarjeta BP?… ¿y la App?»
— «¿Le gustaría hacerse una?… Son 5€ gratis en combustible.»
— «¿Unos chicles por solo 1€?»
La insistencia en vender más, a cualquier costo, ha convertido una simple parada en un ejercicio de paciencia. No se trata de un servicio personalizado, sino de un guion repetitivo, diseñado para extraer hasta el último céntimo de cada cliente, sin importar el contexto. ¿Qué ocurre si estoy apurado? ¿Si he tenido un mal día? ¿Si, simplemente, no quiero escuchar el mismo discurso de siempre? Aquí es donde las estrategias de venta mal ejecutadas dejan de ser efectivas y comienzan a generar el efecto contrario: fatiga, rechazo e incluso el deseo de evitar el establecimiento en el futuro.
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Cada vez que cruzo la puerta de la gasolinera BP, siento que entro en una realidad paralela donde el tiempo se detiene y el empleado, con una sonrisa mecánica y una cadencia perfectamente ensayada, recita su mantra de venta sin importar lo que ocurra a su alrededor. No es su culpa, lo sé, simplemente sigue un protocolo corporativo diseñado para exprimir hasta el último céntimo de cada cliente. Pero lo que estos procesos olvidan es que el cliente tiene algo aún más valioso que el dinero: el tiempo.

¿Técnica de Venta o un Asedio Comercial?
No tengo nada en contra de una estrategia comercial bien ejecutada. De hecho, en la industria hotelera, donde el upselling y la personalización son claves, entiendo perfectamente el valor de una buena recomendación que realmente agregue valor al cliente. Pero aquí está el problema: no hay personalización, solo repetición.
Las preguntas no están basadas en mi historial de compras ni en una conversación real. Son una secuencia automática que no diferencia entre un cliente que pasa todos los días y otro que aparece por primera vez. La experiencia se convierte en algo impersonal y, en el peor de los casos, molesto.
Imaginemos por un momento si aplicáramos este mismo modelo de interrogatorio en un hotel:
- Recepcionista: “Bienvenido, ¿quiere cambiar a una suite con vista al mar?”
- Huésped: “No, gracias, tengo prisa.”
- Recepcionista: “¿Tiene nuestra tarjeta de fidelidad?”
- Huésped: “No, no me interesa.”
- Recepcionista: “Si se inscribe, le damos un 10% de descuento en su próxima estancia.”
- Huésped: “Solo quiero mi habitación.”
- Recepcionista: “¿Le gustaría añadir un desayuno por solo 5€ más?”
El resultado sería una experiencia fría y agotadora. El huésped sentiría que no es un individuo con necesidades únicas, sino un número en una lista de intentos de venta. Y eso es exactamente lo que ocurre en las gasolineras BP.
Vivimos en la era de la inmediatez. Queremos entrar y salir de un establecimiento con la menor fricción posible. Amazon ha construido su imperio sobre esta premisa, eliminando pasos innecesarios en el proceso de compra. Los aeropuertos han adoptado los check-ins automáticos para evitar largas filas. Los hoteles han desarrollado sistemas de self check-in para que los huéspedes puedan acceder a su habitación sin pasar por recepción.
Pero en BP, la experiencia sigue anclada en un modelo que prioriza la venta sobre la satisfacción del cliente. No hay opción de un pago rápido y sin interacción si no tienes su tarjeta. No hay una opción para quienes simplemente quieren pagar y salir. Todo se enfoca en la insistencia de “¿Y si pruebas esto? ¿Y si te unes a esto otro?”.
Y aquí viene la pregunta del millón: ¿realmente funciona?
Los estudios demuestran que la fatiga de decisión afecta la satisfacción del consumidor. Un cliente expuesto a demasiadas decisiones puede experimentar estrés y, en el peor de los casos, evitarlas por completo. Es el mismo motivo por el que los restaurantes con demasiadas opciones en el menú pueden terminar vendiendo menos: demasiadas elecciones generan parálisis.
¿El resultado? Cada vez más personas buscan gasolineras donde la experiencia sea más rápida y fluida. No porque el precio sea mejor, sino porque el proceso es menos molesto.
La insistencia en vender sin contexto es un problema que trasciende las gasolineras. También ocurre en la industria hotelera cuando las estrategias de ventas no se personalizan correctamente. Algunos aprendizajes clave que podemos extraer de este escenario:
- Personalización sobre Automatización: Si vas a sugerir un producto adicional, hazlo basado en el historial o las preferencias del cliente, no en un guion estándar.
- Menos es Más: Reducir el número de ofertas en un solo punto de contacto puede mejorar la aceptación. En lugar de bombardear con cuatro o cinco preguntas, ¿por qué no hacer una recomendación clara y relevante?
- Opciones de Self-Service: En la medida en que la tecnología lo permita, facilitar procesos de pago rápidos sin fricción. Un cliente que quiera rapidez debería tener esa opción.
- Medición y Ajuste: ¿Se están cumpliendo los objetivos de venta con estas estrategias? Si no, es momento de replantearlas.
¿Seguiré Poniendo Gasolina en BP?
Posiblemente sí, porque a veces la conveniencia geográfica gana sobre la experiencia de compra. Pero cada vez que salgo de ahí con la sensación de haber perdido dos minutos de mi vida en un interrogatorio innecesario, pienso: ¿hasta cuándo?
Las estrategias de venta deben evolucionar con los consumidores. En la hotelería, en el retail, en la restauración y, sí, en las gasolineras. Porque si el cliente tiene que pasar por una experiencia frustrante cada vez que consume tu servicio, tarde o temprano buscará una alternativa.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 