En el mundo de la hospitalidad, las decisiones que tomamos como gestores no siempre se limitan al diseño de un servicio o la optimización de un proceso. A menudo, las mejores lecciones surgen de experiencias personales, fuera del entorno profesional. Este fue mi caso recientemente, cuando decidí desconectar un rato practicando golf, solo para darme cuenta de cuánto influyen la segmentación de clientes y el precio en la calidad de una experiencia.
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Cerca de mi hotel hay dos clubes de golf que frecuento según lo que busco en cada momento. Ambos son excelentes en términos de infraestructura, pero sus públicos y enfoques no podrían ser más diferentes. Uno, más exclusivo y tradicional, se basa en normas claras y precios altos que garantizan una experiencia tranquila y sofisticada. El otro, más accesible y popular, apuesta por el volumen y un ambiente relajado, sacrificando cierta estructura. Mi elección del segundo club me dejó una lección que conecta directamente con lo que enfrentamos en la gestión hotelera: ¿cómo afecta la segmentación y el precio al cliente, al ambiente y, en última instancia, a la experiencia general?
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A veces, en nuestra búsqueda por ofrecer algo diferente, podemos terminar comprometiendo aquello que valoramos más: la tranquilidad, el orden y la satisfacción personal. Mi experiencia, aunque fuera del entorno del hotel, me llevó a reflexionar sobre cómo estos mismos principios son esenciales para definir estrategias de negocio, y cómo incluso pequeños ajustes en la segmentación pueden transformar radicalmente lo que los huéspedes perciben. Lo que sucedió en el green es, en realidad, una valiosa metáfora de lo que enfrentamos cada día como gestores.
Cercano al hotel que gestiono, tengo dos clubes de golf que frecuento según la ocasión. Uno, que llamaremos «GM», es un club conservador, que respira los valores tradicionales del golf: elegancia, normas claras y respeto mutuo. Es un lugar sofisticado, con tarifas elevadas y un ambiente donde se valora el silencio y la concentración. El otro, al que llamaremos «CA», es más accesible, con precios razonables, muchos más abonados y un público bastante heterogéneo.
Ayer decidí probar algo diferente. En lugar de acudir a mi habitual club GM, donde ya sé que disfrutaré de un rato tranquilo y ordenado, opté por el club CA, pensando que un entorno más desenfadado podría ofrecerme una perspectiva distinta. La decisión, sin embargo, no fue la correcta.
Al llegar al club CA, la atmósfera era completamente distinta. Había un flujo constante de gente y, aunque los campos estaban en condiciones aceptables, la experiencia estaba lejos de ser ideal. El ruido era el protagonista: personas hablando a voces, niños corriendo por las zonas comunes y jugadores que parecían ignorar cualquier tipo de etiqueta o norma de convivencia. En el golf, como en muchas otras actividades, la concentración es clave, y cualquier interrupción puede romper ese momento de flujo en el que disfrutas del juego. Ayer, ese momento nunca llegó.
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El respeto básico hacia los demás, tan esencial en un deporte como este, simplemente no estaba presente. Intenté enfocarme en mi juego, pero los gritos, las risas estridentes y la falta de organización general hacían imposible disfrutar. Después de poco más de una hora, me vi obligado a marcharme con la sensación de haber perdido mi tiempo y mi dinero.
Una Reflexión sobre Segmentación y Precio
Esta experiencia no es única del golf. Si trasladamos esta situación al sector hotelero, encontramos muchas similitudes. La segmentación y el precio no solo determinan a qué público atraemos, sino también qué experiencia podemos garantizar. A continuación, profundizo en algunas conclusiones que conectan mi experiencia en el club de golf con la gestión hotelera:
- El precio actúa como filtro. El club GM, con tarifas más altas, no solo atrae a golfistas experimentados, sino a personas que comparten ciertos valores: respeto por las normas, disfrute en silencio y un aprecio genuino por el deporte. Este “filtro” no es excluyente, sino que garantiza un ambiente que eleva la experiencia de todos. En un hotel, el precio puede ser una herramienta para segmentar al público y garantizar una convivencia acorde con las expectativas del segmento al que apuntas.
- El entorno es parte de la experiencia. En el club CA, aunque los campos estuvieran en buenas condiciones, el ruido, el desorden y la falta de control sobre el ambiente desvirtuaron completamente mi tiempo allí. En un hotel, el entorno lo es todo. No importa cuánto hayas invertido en decoración, tecnología o amenities si no puedes garantizar que el ambiente sea coherente con las expectativas del huésped.
- Normas y control garantizan la calidad. El club GM tiene un código de vestimenta y normas estrictas que, aunque pueden parecer anticuadas para algunos, garantizan una experiencia óptima para sus miembros. En el sector hotelero, establecer límites claros sobre el comportamiento de los huéspedes y las expectativas de convivencia puede marcar la diferencia entre una estancia excepcional y una decepcionante.
- El volumen no siempre es sinónimo de éxito. El club CA, con tarifas más bajas, ha logrado atraer a una gran cantidad de abonados. Sin embargo, esta estrategia, basada en volumen en lugar de calidad, ha impactado negativamente en la experiencia. En la hotelería, una estrategia basada únicamente en precio competitivo puede atraer un volumen alto de huéspedes, pero al costo de comprometer la experiencia de los clientes ideales.
Tras esta experiencia, reflexiono sobre cómo estos principios pueden aplicarse en la gestión de un hotel:
- Establece un perfil claro de cliente ideal. Si intentas complacer a todos, terminas decepcionando a muchos. Define claramente quién es tu cliente objetivo y diseña una experiencia que realmente satisfaga sus expectativas.
- Invierte en experiencia, no solo en infraestructura. En el club GM, lo que más se valora no son los campos en sí, sino el entorno que se ha creado. En un hotel, esto podría traducirse en garantizar una atmósfera adecuada para el descanso, la exclusividad o el disfrute, según el segmento al que apuntes.
- Normas claras no son restrictivas, sino protectoras. A veces, la falta de control puede llevar al caos, como lo viví en el club CA. En un hotel, implementar reglas sobre el comportamiento, horarios o incluso normas de uso en áreas comunes puede mejorar la convivencia y, por ende, la satisfacción general de los huéspedes.
- No temas ser selectivo. Reducir precios para atraer más clientes puede parecer una solución rápida, pero a largo plazo puede erosionar el valor percibido de tu establecimiento y alejar al segmento que realmente quieres fidelizar.
Mi experiencia en el campo de golf CA me recordó algo fundamental: la calidad no siempre está en la cantidad, sino en la capacidad de ofrecer una experiencia impecable para aquellos que valoran lo que realmente ofreces. Tanto en el green como en la hotelería, el éxito radica en atraer a los clientes correctos y garantizar un entorno donde puedan disfrutar plenamente de lo que buscan.
Creo que hay algo fundamental que todos debemos recordar: el cliente ideal no se mide solo por su capacidad económica, sino por cómo se alinea con los valores y la experiencia que queremos ofrecer. En mi caso, esa diferencia fue evidente en los dos clubes de golf. No se trataba únicamente del precio, sino del tipo de atmósfera que cada lugar fomenta y de cómo esa atmósfera impacta en el disfrute del cliente. En la hotelería, sucede exactamente lo mismo: la experiencia no es algo que se construya únicamente desde las instalaciones o el marketing, sino desde la selección y comprensión del público que quieres atraer.
Un aspecto clave es que la calidad no siempre es visible al primer vistazo. En un hotel, como en el golf, la experiencia está en los detalles: en cómo los huéspedes son tratados, en la tranquilidad de los espacios comunes, en el respeto por las normas que garantizan el bienestar colectivo. Esto no significa ser restrictivo, sino tener la valentía de establecer límites y prioridades para proteger lo que más valoran tus huéspedes. A veces, eso implica tomar decisiones impopulares, como subir tarifas o ajustar el perfil del cliente, pero siempre con el objetivo de proteger la experiencia que define tu marca.
También es importante reflexionar sobre cómo comunicas tus valores. Si en el club GM sus normas y tarifas elevadas no fueran acompañadas por una comunicación clara de lo que representan, podrían ser percibidas como elitistas en lugar de diferenciadoras. Lo mismo ocurre en la hotelería: es esencial que los huéspedes entiendan el porqué de tus decisiones, ya sea en términos de precios, políticas o servicios, para que puedan apreciarlas como un valor añadido y no como una barrera.
Por otro lado, hay que considerar que no todos los clientes que no encajan en tu perfil son «malos clientes.» Simplemente, buscan algo diferente. En el caso del club CA, es probable que muchos de sus abonados valoren más la accesibilidad y la informalidad que el silencio o la etiqueta. Esa es la razón por la cual los negocios necesitan segmentarse: para que cada público encuentre un lugar donde sentirse cómodo y valorado, y para que tú puedas enfocarte en ofrecer lo mejor a tu segmento objetivo.
Para terminar, quiero dejarte un consejo práctico: no tengas miedo de ser selectivo. En el corto plazo, puede parecer que limitar a tu cliente objetivo te hará perder oportunidades, pero en realidad, garantiza que construyas relaciones más sólidas, rentables y duraderas con los clientes adecuados. Al final, lo que diferencia a un buen hotel de uno excepcional no es atraer a todos, sino crear un lugar donde quienes realmente valoran tu propuesta no solo regresen, sino que se conviertan en tus embajadores más fieles.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 