Hay conversaciones que, cuando se repiten demasiado, acaban convirtiéndose en verdades incuestionables.
En la Hotelería, una de ellas es esta:
“Las nuevas generaciones no están comprometidas.”
Durante un tiempo, lo reconozco, yo también lo pensé.
Lo pensé después de una baja inesperada en pleno agosto.
Lo pensé cuando alguien me dijo que no quería doblar turno “porque no le compensaba”.
Lo pensé cuando veía rotación en perfiles que, en teoría, tenían todo para quedarse.
Pero con el tiempo, y sobre todo con la experiencia —de la buena y de la mala— entendí algo que me incomodó profundamente:
no era un problema de ellos.
Era, en gran parte, un problema de cómo estábamos diseñando el trabajo.
Y eso cambia completamente la conversación.
Cuando el compromiso no aparece, hay que dejar de exigirlo y empezar a entenderlo
Recuerdo perfectamente una temporada en la que sentía que el equipo no tiraba.
Había buena gente, con actitud, incluso con ganas… pero algo fallaba.
No había energía.
No había implicación real.
Y mi reacción inicial fue la más habitual:
– exigir más
– presionar más
– recordar estándares
– insistir en la cultura de servicio
El resultado fue el contrario al esperado.
Más distancia.
Más desgaste.
Más desconexión.
Hasta que un día, hablando con uno de ellos —de esos perfiles que solemos etiquetar como “poco comprometidos”— me dijo algo que no he olvidado:
“No sé exactamente qué esperas de mí… y tampoco sé si lo estoy haciendo bien.”
Ahí entendí que el problema no era actitud.
Era claridad.
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El gran fallo que he visto repetirse en muchos hoteles
A lo largo de los años, he visto el mismo patrón en distintos equipos y hoteles:
- onboarding improvisado
- roles poco definidos
- estándares interpretables
- feedback inexistente
- liderazgo centrado en urgencias
Y después, la conclusión:
“no están comprometidos.”
Es una simplificación peligrosa.
Porque lo que realmente está ocurriendo es esto:
Estamos pidiendo implicación en entornos que no están diseñados para generarla.
El cambio de mentalidad que me hizo replantearlo todo
Hubo un momento clave.
Dejé de preguntarme:
“¿Por qué no se implican?”
Y empecé a preguntarme:
“¿Qué estoy haciendo yo —o qué no estamos haciendo como organización— para que no se impliquen?”
Esa pregunta es incómoda.
Porque desplaza la responsabilidad.
Pero también es liberadora.
Porque abre la puerta a actuar.
Lo que he aprendido trabajando con nuevas generaciones
Después de convivir, formar y también frustrarme con perfiles jóvenes, hay algo que tengo claro:
No son menos comprometidos.
Son menos tolerantes con la incoherencia.
Y eso, bien entendido, es una oportunidad.
He visto compromiso real cuando:
- explicas el porqué de las decisiones
- defines con claridad qué significa hacerlo bien
- das feedback constante (no solo cuando hay errores)
- estructuras un aprendizaje progresivo
- lideras desde la presencia, no desde la jerarquía
Y también he visto lo contrario:
desconexión total en equipos donde:
- todo se da por supuesto
- nadie explica nada
- el reconocimiento no existe
- el desarrollo es una promesa vacía
La experiencia que más me hizo cambiar
Hubo un equipo en el que decidimos hacer algo diferente.
Nada revolucionario.
Pero sí intencional.
– redefinimos roles con claridad absoluta
– estructuramos el onboarding de verdad
– establecimos estándares visibles
– introdujimos reuniones cortas semanales de feedback
– explicamos decisiones, incluso las incómodas
No subimos salarios.
No reducimos carga de trabajo.
Pero ocurrió algo inesperado:
el equipo empezó a implicarse.
No todos, evidentemente.
Pero sí una mayoría clara.
Y ahí entendí algo clave:
el compromiso no se exige.
se construye.
El coste de seguir culpando a la generación equivocada
Es fácil culpar a las nuevas generaciones.
Pero es una trampa.
Porque mientras lo hacemos:
- no revisamos nuestros modelos
- no mejoramos nuestros sistemas
- no evolucionamos nuestra forma de liderar
Y el problema persiste.
En la Hotelería, donde el servicio es el producto, esto tiene un impacto directo:
– peor experiencia
– menor fidelización
– más rotación
– más presión operativa
Y, en última instancia, menos rentabilidad.
Cinco decisiones que hoy no negociaría
Después de lo vivido, hay cinco cosas que tengo claras y que no volvería a hacer de otra manera:
- Nunca volver a incorporar a alguien sin un onboarding estructurado
Lo que no se enseña bien al inicio, se paga durante meses. - No permitir ambigüedad en los roles
La exigencia sin claridad genera frustración. - Dar feedback constante, aunque incomode
El silencio directivo es uno de los mayores errores. - Explicar decisiones, incluso cuando no gustan
La transparencia genera respeto, aunque no haya acuerdo. - Diseñar el desarrollo, no improvisarlo
Sin progreso, no hay vínculo.
No creo que estemos ante una generación más débil.
Creo que estamos ante una generación que nos está obligando a ser mejores gestores.
Y eso, aunque incómodo, es una oportunidad enorme para la Hotelería.
Porque los hoteles que entiendan esto:
- atraerán mejor talento
- retendrán equipos más estables
- ofrecerán mejores experiencias
- construirán negocios más sólidos
Tres ideas finales desde la experiencia
La primera:
El compromiso no es algo que el empleado trae de casa.
Es algo que el hotel provoca… o destruye.
La segunda:
Las nuevas generaciones no están rompiendo el sector.
Están poniendo en evidencia sus debilidades.
La tercera:
Dirigir hoy un hotel no es solo gestionar operación.
Es diseñar un entorno donde la gente quiera dar lo mejor de sí.
Y eso no es fácil.
Pero es, probablemente, la decisión más estratégica que podemos tomar.
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