Hay un fenómeno curioso —y admitámoslo, un tanto pintoresco— que se repite con asombrosa frecuencia en el mundo de la hotelería: el cliente que, al hacer clic en “Reservar”, siente que también ha adquirido una participación mayoritaria en la propiedad. A partir de ahí, se siente con derecho no solo a decidir la temperatura de la piscina o el tipo de pan en el desayuno, sino también el precio del alojamiento, las políticas de cancelación y, en casos más audaces, la estrategia comercial del establecimiento.
Sí, todos conocemos a ese huésped que se planta en recepción, teclea con entusiasmo en su móvil para mostrarte cuánto cuesta una habitación similar “en otra web”, y acto seguido sugiere, con una mezcla de indignación y tono condescendiente, que sería de sentido común que le aplicaras ese mismo precio. A poder ser, con desayuno, spa y un masaje tailandés incluidos.
La ironía es que estos clientes no están interesados en comprender el negocio hotelero; están convencidos de que lo entienden mejor que tú. Te explican la elasticidad del precio con la soltura de quien leyó media entrada de Wikipedia, mientras ignoran que detrás de cada tarifa hay un complejo entramado de revenue management, estrategia de segmentación, costes operativos y hasta una pizca de ciencia ficción (cuando el presupuesto no cuadra, pero hay que hacerlo cuadrar igual).
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¿Tarifas negociables, políticas a la carta? Bienvenidos al festival del “yo lo valgo”
Es evidente que el cliente ha evolucionado. Y eso es bueno. Pero con la democratización digital de la información también ha llegado una generación de “clientes consultores” que confunden su derecho a la comparación con el derecho a dictar condiciones. Veamos algunos clásicos:
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«Si me lo dejas a 80 €, reservo ahora»: Como si el hotel fuese una lonja de pescado al final del día.
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«En este otro sitio me dan check-out hasta las 18h»: Cierto, pero también ofrecen desayuno en una bandeja de cartón y vistas a la gasolinera.
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«Pues en Booking dice que…»: Sí, y también dice que leer las condiciones antes de reservar es responsabilidad del cliente, pero ese apartado suele pasarse por alto.
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«El hotel está vacío, ¿por qué no me haces un descuento?»: Porque aunque el comedor esté vacío, la cocina sigue costando lo mismo.
Estas escenas, a medio camino entre el stand-up comedy y la tragicomedia de lo cotidiano, son parte del día a día. Y si algo me ha enseñado el tiempo es que no se trata de pelear con este tipo de clientes, sino de marcar límites con elegancia y usar esas interacciones como oportunidades de formación para el equipo.
Lo que no puede negociar el cliente (aunque lo intente):
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La coherencia del negocio:
Las tarifas deben tener un sentido estratégico. Ceder ante cada petición no solo destruye el pricing, también daña la percepción de valor de todos los demás huéspedes. -
La igualdad de trato:
Si un cliente exige privilegios a costa del resto, está rompiendo la equidad. Y la equidad es uno de los pilares de la experiencia del cliente, aunque no todos lo sepan. -
Las políticas internas:
Son como los cinturones de seguridad: no están para fastidiar, sino para evitar daños mayores. Cambiar una política por capricho puede parecer un favor, pero es un precedente peligroso.
Algunas recomendaciones con una pizca de humor y mucha firmeza:
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Entrena a tu equipo para decir “no” sin decir “no”. Una buena fórmula es: “Entiendo tu propuesta, pero para mantener la experiencia y el estándar para todos nuestros huéspedes, esta es la tarifa más competitiva que podemos ofrecer”.
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Pon en valor lo que ofreces. No todo se reduce al precio. Calidad del servicio, ubicación, limpieza, diseño, gastronomía, y la sonrisa que no aparece en la tarifa online, son argumentos sólidos. Recuérdalos al cliente (con una sonrisa real, eso sí).
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Reinvéntate como contable zen. La próxima vez que te digan que deberían pagar menos porque “el hotel está medio vacío”, respira hondo y responde: “Nos alegra poder ofrecerte un espacio tranquilo. Lo valoramos tanto que no lo cobramos más caro”.
Como ves, en este oficio hay que tener algo de hotelero, algo de psicólogo y bastante de actor. El cliente tiene siempre razón… salvo cuando cree que puede dirigir el hotel desde la mesa del desayuno con su smartphone como cetro. En esos casos, una sonrisa y un “permíteme que te explique cómo trabajamos” siguen siendo nuestras mejores herramientas.





Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle. 