Hay temporadas en las que uno tiene la sensación de vivir en un bucle. Miras la agenda, revisas los próximos eventos del sector, y la sensación es la misma de siempre: las mismas fechas, los mismos lugares y, curiosamente, las mismas caras. Cambia el año, cambia el claim del congreso, pero el reparto permanece intacto.
No deja de tener su mérito. Lograr una presencia constante en todos los foros, aparecer en todas las mesas redondas y protagonizar todas las fotos de LinkedIn exige una dedicación que muchos hoteleros en activo simplemente no tenemos. Quizá por eso mismo llaman tanto la atención.
Confieso que observo estos rituales con una mezcla de ironía y curiosidad profesional. No desde el desprecio, sino desde la experiencia de quien sabe que la hotelería real —la que ocurre a las siete de la mañana cuando falla un proveedor o a las once de la noche cuando un huésped pierde la paciencia— rara vez deja tiempo para posar en photocalls.
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Porque mientras algunos encadenan eventos, otros encadenamos decisiones. Y no siempre salen bien. Pero dejan cicatriz, aprendizaje y, sobre todo, criterio. Algo que no se adquiere con un micrófono inalámbrico ni con una slide bien diseñada.
Y ahora llega FITUR. Ese punto de reencuentro anual donde el sector se abraza, se felicita, se fotografía… y se reafirma a sí mismo. Confieso que lo espero con interés. No tanto por las novedades, sino por comprobar hasta qué punto el discurso sigue siendo el mismo, aunque la realidad hotelera lleve años cambiando.
El ecosistema del experto omnipresente
Hay un patrón que se repite con una precisión casi científica. Un ecosistema cerrado, autorreferencial, donde todos se conocen, se recomiendan y se celebran mutuamente. Un circuito perfectamente engrasado que funciona… para quienes están dentro.
Algunos perfiles se han vuelto especialmente reconocibles:
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El “experto en todo”: hoy habla de revenue, mañana de liderazgo consciente y pasado mañana de sostenibilidad emocional. No porque el mundo sea complejo —que lo es— sino porque cambiar de especialidad es más fácil que profundizar en una.
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El asesor de la fórmula mágica: promete resultados extraordinarios con metodologías infalibles que, curiosamente, nunca ha tenido que aplicar bajo presión real, con nóminas, inspecciones y clientes enfadados incluidos.
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El coach espiritual del sector: gran oratoria, mucha energía positiva, pocas métricas. Suele hablar de propósito, flow y vibraciones… conceptos muy inspiradores, aunque difíciles de explicar cuando el GOP no cuadra.
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El autor prolífico: libros que suenan familiares, ideas importadas, traducidas y reempaquetadas con entusiasmo. Nada nuevo bajo el sol, pero con una portada atractiva y una buena gira de presentaciones.
- El oportunista: que se une al grupo para aparentar formar parte de él y para ver que cae y si sale en la foto, mejor.
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El directivo siempre disponible: tan presente en eventos que uno se pregunta, con sana curiosidad profesional, quién está tomando decisiones en su hotel mientras tanto.
Y luego están los fans incondicionales, siempre atentos, siempre aplaudiendo, siempre compartiendo la foto correcta desde el ángulo correcto. La mayoría en búsqueda activa de empleo, otros aún en fase estudiante, todos convencidos de haber encontrado a sus referentes antes de haber pasado por una noche completa con overbooking, una cocina corta de personal o una inspección sorpresa a las ocho de la mañana. Les falta ese baño de realidad que no se aprende en ponencias ni en carruseles de LinkedIn: el de entender que la hotelería no se explica, se sobrevive; que no todo lo que suena bien funciona, y que el éxito no suele venir acompañado de focos, sino de decisiones incómodas, errores caros y silencios largos. Pero mientras llega ese momento, seguirán fieles, entusiastas y agradecidos… porque nada genera tanta admiración como una épica bien contada cuando aún no se ha tenido que pagar la factura.
Lo interesante no es que existan —el sector es amplio y diverso— sino que siempre son los mismos. Evento tras evento. Foto tras foto. Aplauso tras aplauso. El éxito se mide en likes cruzados y menciones compartidas dentro de un círculo que se retroalimenta con admirable constancia.
FITUR: el gran teatro anual de la hotelería
FITUR tiene algo de ritual iniciático. Es el momento del año en el que todos parecemos un poco más exitosos, un poco más visionarios y bastante más ocupados de lo que realmente estamos. Y no lo digo con sarcasmo puro; forma parte del juego.
Allí volveremos a ver:
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Las fotos cuidadosamente casuales, con café en mano y sonrisa estratégica.
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Los reencuentros públicos, celebrados en redes con textos grandilocuentes sobre “proyectos apasionantes que pronto verán la luz”.
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Los paneles de siempre, con discursos que suenan bien, pero que rara vez bajan al barro operativo.
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Los abrazos digitales, ese deporte de alto nivel donde todos se felicitan por logros que nadie termina de concretar.
Mientras tanto, la hotelería real sigue su curso. Con equipos que rotan, costes que aprietan, clientes más exigentes que nunca y decisiones que no admiten storytelling. Decisiones incómodas, solitarias y, muchas veces, invisibles.
No hay selfies cuando toca decir que no a un cliente poco rentable.
No hay aplausos cuando hay que reorganizar turnos para salvar un mes difícil.
No hay escenario cuando se aprende, a base de errores, qué estrategia no volver a repetir.
Quizá por eso sigo creyendo que el verdadero prestigio en hotelería no se construye en los pasillos de una feria, sino en la coherencia diaria entre lo que se dice y lo que se hace. Y eso, curiosamente, no siempre cabe en una foto.
Al final, mi consejo es sencillo. Escucha, observa, aprende… pero no confundas visibilidad con solvencia, ni discurso con experiencia. La hotelería no necesita más expertos omnipresentes, sino profesionales dispuestos a ensuciarse las manos y a reconocer que todavía queda mucho por aprender.
Y si en FITUR ves las mismas caras, los mismos discursos y las mismas fotos… sonríe. Forma parte del paisaje. Pero recuerda que el verdadero trabajo empieza cuando se apagan las luces del stand y toca volver al hotel. Ahí, lejos de los focos, es donde se construye —o se pierde— la credibilidad de verdad.

Creo genuinamente que la mejor manera de conocer el valor de un Coach Hotelero es probarlo primero de forma gratuita y conocerle.Ā 