Hay una curiosa transformación que ocurre con sorprendente frecuencia al cruzar la puerta de un hotel. No aparece en ningún manual de psicología ni ha sido objeto de estudio en las escuelas de hotelería, pero cualquiera que lleve unos años en este sector sabe perfectamente de qué hablo. Es ese instante en el que una persona deja de ser huésped, proveedor o empleado y, sin darse cuenta, pasa a convertirse en director general honorífico del establecimiento.
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Lo realmente fascinante es que el nombramiento no requiere experiencia previa, conocimientos de hotelería ni responsabilidad alguna sobre los resultados. Basta con haber pasado una noche en un hotel, haber trabajado unas semanas en recepción o haber visto un par de programas sobre reformas hoteleras para sentirse plenamente capacitado para rediseñar la operación completa.
En realidad, todos llevamos un pequeño director de hotel dentro. El problema no es tener opiniones. El problema aparece cuando confundimos una opinión con una verdad absoluta.
Uno de los perfiles más habituales es el del cliente estratega. Es capaz de explicarte cómo deberías gestionar la política de precios mientras sostiene en la mano una reserva realizada seis meses antes aprovechando una oferta no reembolsable. Con enorme convicción te explica que las habitaciones deberían costar mucho menos, aunque, curiosamente, añade que el desayuno debería ser más abundante, las habitaciones más grandes, el spa gratuito, el parking incluido y, si fuera posible, una copa de bienvenida de mayor calidad.
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Existe también el cliente arquitecto, una persona que detecta en apenas cinco minutos todas las decisiones de diseño que, según él, fueron un enorme error. La recepción debería estar dos metros más a la izquierda. El restaurante tendría que abrir hacia la piscina. El ascensor debería ser panorámico. El gimnasio estaría mejor en la azotea. Las habitaciones ganarían mucho si se tirara ese muro, se ampliara el balcón y se orientara el edificio unos treinta grados hacia el amanecer.
Naturalmente, todos esos cambios pueden realizarse con bastante facilidad. Al menos en su imaginación.
No menos interesante resulta el cliente experto en gastronomía, que tras pedir una paella explica al chef cómo debería cocinar el arroz porque una vez comió una extraordinaria durante sus vacaciones de hace quince años. O el que corrige la carta porque «en mi pueblo esto se hace de otra manera», como si la cocina española hubiera firmado un convenio colectivo obligando a preparar exactamente los mismos platos desde Finisterre hasta Cabo de Gata.
Otro clásico es el especialista en recursos humanos. Después de observar durante cuarenta segundos cómo trabaja un camarero, ya sabe quién merece un ascenso, quién debería cambiar de departamento y quién, según él, tendría que abandonar la empresa cuanto antes. Todo ello sin conocer horarios, cargas de trabajo, formación, rotaciones, vacaciones ni absolutamente nada de las personas sobre las que acaba de emitir sentencia.
Pero no sería justo pensar que este curioso fenómeno pertenece exclusivamente a los clientes.
En todos los hoteles aparece, tarde o temprano, el empleado estratega, ese profesional convencido de que la dirección debería consultarle absolutamente cualquier decisión importante. Si se cambia un procedimiento, no se le ha preguntado. Si se modifica un horario, tampoco. Si se lanza una promoción comercial, considera que habría sido mucho mejor la idea que él nunca llegó a proponer… pero que asegura haber pensado desde hacía meses.
Es un perfil especialmente interesante porque suele descubrir soluciones extraordinariamente sencillas para problemas muy complejos. La ocupación baja porque «hay que hacer más publicidad». Las reseñas negativas desaparecerían si «escucháramos más al cliente». La rentabilidad aumentaría «vendiendo más habitaciones». Y el clima laboral mejoraría «motivando más al personal». Todo parece tan simple que uno se pregunta cómo el resto de la industria hotelera no ha descubierto todavía semejantes fórmulas revolucionarias.
También existe el ex-empleado visionario, cuya capacidad de análisis aumenta de forma exponencial exactamente el día después de abandonar la empresa. Mientras trabajaba en el hotel apenas encontraba tiempo para plantear mejoras, pero desde el sofá de su casa descubre con precisión quirúrgica todos los errores estratégicos cometidos durante los últimos años. Analiza la reputación online, critica las decisiones comerciales, opina sobre la cocina, cuestiona el liderazgo y pronostica el cierre inminente del establecimiento… un cierre que, por cierto, nunca termina de llegar.
Mi favorito sigue siendo el consultor espontáneo, una figura que aparece sin previo aviso en cualquier conversación. No importa si se habla del desayuno, del mantenimiento del aire acondicionado o de la decoración navideña. Siempre encuentra la manera de introducir un «yo, si llevara este hotel…». Es una frase maravillosa porque nunca incluye presupuestos, legislación laboral, restricciones operativas, costes energéticos, convenios colectivos, inspecciones sanitarias ni objetivos financieros. Solo contiene certezas.
Y, sin embargo, detrás de toda esta ironía hay una reflexión bastante seria.
Gestionar un hotel significa convivir con cientos de decisiones diarias que rara vez admiten respuestas perfectas. Cada decisión beneficia a unos clientes y decepciona a otros. Mejora un proceso mientras complica otro. Reduce un coste, pero incrementa una carga operativa. Incrementa ingresos, aunque obligue a asumir nuevos riesgos. Desde fuera, casi todo parece sencillo. Desde dentro, pocas cosas lo son.
Quizá por eso admiro cada vez más a quienes opinan con prudencia. A quienes antes de sentenciar preguntan. A quienes reconocen que desconocen parte del contexto. A quienes entienden que dirigir un hotel no consiste en resolver un problema aislado, sino en mantener en equilibrio cientos de variables al mismo tiempo mientras los huéspedes esperan que todo parezca fácil.
Porque, al final, es cierto que todos llevamos un pequeño director de hotel dentro. Es una consecuencia natural de viajar, observar y tener experiencias. Lo importante es recordar que una estancia, una visita o incluso varios años de trabajo en un departamento no convierten automáticamente a nadie en experto en dirigir toda una organización.
Y quizá esa sea una de las mayores lecciones que ofrece la hotelería: cuanto más aprendes sobre ella, menos sencillo te parece todo. Mientras tanto, siempre habrá alguien dispuesto a explicarte cómo gestionar un hotel entero… antes incluso de terminar el desayuno.


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